Festival de Viña, sus inicios.

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Comenzamos este tema con una carta (correo) que me llegó, en ella me indican el por qué no le dan más espacio a los músicos chilenos en este Festival, y aquí apoyando a Bordemar.

Yo también me pregunto lo mismo, ya que se supone que este Festival representa a nuestro país y por ende la cultura chilena...

Sabemos que lo más importante, según los productores, auspiciadores, canales de TV, etc. es tener un buen show y eso es instalar en el escenario Artístas Extranjeros, a lo que muchos de nosotros no nos gusta.

Y como apoyo, pondremos temas de la Banda Bordemar, para que ustedes disfruten de nuestro Sur.

Los dejo con esta carta y después seguimos con la historia de este (hoy) controvertido Festival.

Estimados,

Mi nombre es Cristian Iturrieta Olivares , domiciliado en la comuna de Lampa, Región Metropolitana,y en representación de mi hijo lo ayudo a generar una campaña para llevar al Festival de Viña a uno de los grupos folclóricos mas talentosos de nuestro país, BORDEMAR.

Hace unos tres años en un viaje a Pto. Montt con mi familia, tuve la fortuna de conocerlos y escucharlos en vivo, ahi me enteré que muchas de sus melodías ya las había escuchado antes pero como la gran mayoría de los chilenos desconocía a sus autores.

Desde entonces junto a mi esposa e hijos, nos hemos vuelto unos fanáticos y fieles seguidores de su música. Hace dos semanas en un almuerzo familiar tocamos el tema del porque nunca han asistido a eventos con mayor alcance televisivo tales como el Festival del Huaso de Olmué y Viña del Mar.

No podemos entender como un grupo de este talento no sea presentado a todo el país. La verdad me enorgullezco aún mas de nuestro Folcklor al escucharlos, y me da mucho agrado ver como mi hijo Cristian Rodrigo Iturrieta Valenzuela, verdadero impulsor de esta campaña, de tan solo 14 años sea capaz de apreciar y reconocer nuestro folcklor por intermedio de ellos.

Espero puedan ayudarnos a divulgar la campaña iniciada por Cristian, y dar un real reconocimiento a Bordermar quienes dejan tan bien puesto el nombre de Puerto Montt, y
darles la oportunidad de dejar también muy en alto el nombre de Chile en Sudamérica y el Mundo.

Debo aclarar que esta iniciativa es de mi hijo y no tiene ningún interés económico.
Les saludo muy atentamente.
Cristian Iturrieta Olivares.

parque_quinta_vergara.JPGFestival de Viña del Mar.

Historia.

Aquí tenemos la ayuda de un escrito de Ignacio Vicuña Labarca, con la colaboración de Laura Gudack y Scottie Scott, en un libro titulado "La Gaviota de Viña del Mar". De editorial Pucará S.A. 1975.

"La Viña del Mar"

En diciembre de 1974, en la víspera de las fiestas de Año Nuevo, se cumplió el primer centenario de Viña del Mar.. Para festejar este hecho tan significativo las autoridades buscaron una fórmula que evocara aquellos días cuando aún el balneario carecía de nombre. Fue así como, desde la Plaza de Armas de Santiago, un grupo de ocho carabineros, vestidos a la usanza de los conquistadores españoles, emprendieron a caballo una travesía de dos días para revivir el histórico momento en que Pedro de Valdivia mandó a un destacamento en busca del mar.

¿Qué habían descubierto aquellos intrépidos de casco y armadura ?

¿Cuál fue el efecto que recibieron al avanzar hacia la costa, sorteando peligros, en demanda del océano?

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Hallaron una zona de espesos bosques cubiertos de boldos, maitenes, peumos y encinas que iban a derivar hasta las suaves v arrepolladas dunas, junto al mar.

Esa región se llamaba Peuco, que significa aquí hay agua, nombre bastante apropiado por los rasgos secanos del territorio. El distrito se denominaba Alin Mapu o país quemado. De modo que aquel pequeño oasis de fertilidad cautivó a los enviados de Valdivia. Este, para premiar la gesta, hizo propietarios al Alcalde de Santiago y a don Francisco de Riveros. Ambos disponían de lujosas casonas en !a capital, por lo que ese rincón de Peuco parecía destinado desde ya a transformarse en el solar de los grandes señores.

jardines_quinta_vergara.jpgSeguramente que el espectáculo de las aguas del Pacífico, chocando en los requerios y la benevolencia casi sensual del clima de la comarca, encantaron al Capitán Riveros. Recibida por encomienda en el siglo XVI, don Francisco se dedicó a explotarla comercialmente y trabajó con los indios changos en numerosos labrantíos durante aquella época llena de peligros, sobresaltos y fantásticas aventuras.
Sin embargo, el mayor afán del aguerrido soldado radicó en ia siembra del trigo. Ño sabemos si amó la belleza de la costa o si se fijó con detención en aquellas gaviotas que se detenían en la playa . . .

Con todo, al morir el señor Riveros, heredó la propiedad su hijo Alonso. Este muchacho se hizo pronto acreedor al apodo de El Mozo y, sin duda, él sí que poseía un sentido del empuje. Al comprobar como el estero Marga Marga —el río de las minas, como le tildaban los españoles por sus pepitas de oro— dividía la comarca en dos y nutría los trigales, un día se quedó contemplando aquel paisaje.

Debió haber pensado que algo hacía falta allí. Algo había que hacer para resaltar la viveza dorada de los trigales. Sí. Se echaba de menos el contraste. Unas gaviotas blancas brillaron en medio de las palmeras y bajaron al estero. . . Entonces, tuvo la feliz intuición. Era el verde un color que armonizaría con el amarillo, el blanco, el azul. Y ese verde también surgía del mar en ciertos momentos de luminosidad. . . Puso manos a la obra y plantó unos viñedos en el área septentrional del Marga Marga.

Cuando la vid estuvo a punto, Alonso El Alazo supo que no se había equivocado. Agregó hermosura y producción a la zona. Pronto vendría la fama de la belleza de matices y coloridos y de los mejores caldos del valle de Aconcagua.

quinta_vergara_vi_a._1906-1910.jpgDesde entonces ese reducido paraíso comenzó a llamarse La Viña del Mar. Y durante medio siglo El Mozo rigió sus destinos, e, incluso, anexó para sí Reñaca, comprada en doscientos pesos.

Cuando murió este visionario, la estancia pasó a manos de la •familia Bravo de Saravia. En 1690 la compraron los jesuítas en setecientos pesos. Buenos agricultores y comerciantes, fueron dueños de La Viña del Mar por un siglo ininterrumpido. Pero en España se estaba incubando una corriente contraria a la Orden de San Ignacio. Y un día el Conde Aranda, Primer Ministro de Carlos III, decidió expulsar a los jesuítas de la hispanidad. Con algún retardo, la noticia llegó a este reino del sur. Los sacerdotes tuvieron que abandonar los viñedos y el estero. La propiedad salió a remate.

Verificada la subasta, el afortunado adquiriente fue Francisco Cortés Castavio, descendiente de un pretor romano y del Conquistador de México, quien pagó por ella cuatro mil setecientos treinta pesos a ocho años plazo. Pero la suerte no lo acompañó. Atiborrado de deudas y de juicios, se la vendió a Juan Antonio de la Carrera y Salinas, abogado de la Real Audiencia y primo hermano de José Miguel.

El Camahueco, Bordemar.

Hay que precisar que la estancia adquirió con su nuevo dueño importancia histórica. Por un lado, don Juan Antonio, en plena guerra de la Independencia, consiguió liberar al pueblo de Quillota de manos realistas con anterioridad a la batalla de Chacabuco. Por otra parte, frente a estas costas combatieron dos fragatas inglesas contra el barco pirata norteamericano Essex. Este fue hundido en la refriega y cuarenta sobrevivientes llegaron a la playa y fueron amablemente acogidos en casa de los Carrera.

Según María Graham las casas de la hacienda están situadas en el centro de un pequeño llano formado por las tierras de aluvión arrastradas por las aguas de las montañas circunvecinas, que se alzan detrás de él como un anfiteatro. Al otro lado de aquel se halla la extensa viña de la hacienda. Pues bien, en este paraje aquellos marinos recibieron los cuidados de las siete bellas hijas de don Juan Antonio. Eran tan hermosas estas jóvenes que don Benjamín Vicuña Mackenna, para afianzar su opinión, dice que cuatro de ellas casaron con extranjeros.

El destino de la viña estaría íntimamente ligado a estas hermanas. Su padre, hombre previsor y generoso, legó en vida la propiedad en favor de sus hijas a comienzos del pasado siglo. Inmediatamente, el ingenio popular, tan chispeante como oportuno, acopló al nombre de La Viña del Mar el apodo de Las Siete Hermanas. Lo cierto es que así se denominó el camino de siete kilómetros que unía a la finca con Valparaíso, el cual cuenta con siete colinillas y sus respectivas quebradas. En una de ellas sería más tarde asesinado Diego Portales.

Los viñedos y sembradíos, la gran proliferación de palmeras, poco a poco, comienzan a tejer el engranaje de una historia que cobraría realce a mediados del siglo.
Surge, de pronto, un personaje insólito de aquella hacienda ni la que temporada tras temporada, se echaban a tierra las palmas para comercializar su miel.

E-Mar, Bordemar.

Este jugador empedernido, heredero de la estancia fue Francisco Salvador Alvarez. Amante de los viajes, vivió más afuera que en su tierra. Como cientos de otros, partió a California en busca del oro. Ahí, en medio de esa fiebre de individuos dispuestos a todo, dio cauce a su pasión por los naipes y los dados. Paradojalmente, siempre ganaba.

Esto fue motivo de sospechas. Alguien de la mesa dijo que el chileno hacía trampas en el juego. Se enardecieron los ánimos y la concurrencia decidió ahorcar a Francisco Alvarez. Para suerte del aventurero de Viña del Mar, la cosa no llegó a más pues se dijo que la policía se aproximaba a la cantina.

En Europa, durante la guerra prusiana, también tuvo su atmósfera heroica. En París logró volar con dinamita un tren repleto de soldados enemigos. Este hecho lo acreditó como un valiente y temerario hijo del mundo.
Sin embargo, Francisco Salvador tenía sus rasgos de finura. Influido por su madre, adquirió gran amor hacia las plantas y las flores. No olvidando esta común pasión con la mujer que cuidaba el jardín de la Viña del Mar, en cada uno de sus breves regresos a la patria se traía consigo las más variadas y exóticas especies, cuadros, estatuas y gobelinos.

¡Un vagabundo que dilapidó una fortuna pero que permitió el hermoseamiento de la finca!

Pero, detengámonos un instante.

Por esa época se estaba levantando la línea del ferrocarril, faena insólita que acaparaba la atención de los escasos viñamarinos. A cargo de la obra se encontraba el ingeniero José Francisco Vergara, profesional inteligente y ejecutivo, dedicado con esmero a su misión de hacer posible el arribo de la máquina infernal. Como demoraban las obras, el agrimensor renunció a esta importante tarea.

Hasta que un día, a las 12 horas, congregados los habitantes en la estación, miraron hacia los cerros cubiertos de pinos y maitenes. Desde el interior de los bosques brotó el ensordecedor y nostálgico pitazo. Minutos después, un jinete de a caballo y con bandera en alto, surgió por el lado de los rieles en actitud de prevenir alguna desgracia. Detrás suyo, traqueteando por la línea, apareció el primer tren que unía Viña con Santiago.

En la ceremonia inaugural de 1855 el Obispo de Juliápolis sentenció: acerqúense esas formidables máquinas a postrarse al pie de la religión. Pero esta aprehensión no provocó contagio. Iodo lo contrario. La población intuyó lo que un diario de la época expresó de la siguiente manera:

Todo presagia que la V¡ña del Mar, dentro de muy poco tiempo, será el jardín de las delicias de Valparaíso... y luego veremos surgir, como por encanto, una gran población en ese lugar casi deshabitado.

Por su parte, el escritor Vicuña Mackenna, comprendiendo con su visión el conjuro de la línea férrea, profetizó: Este pueblo es hijo de la locomotora.

Bordemar, Banda Bordemar.

El naciente solar se puso de moda y comenzó a adquirir rasgos de balneario importante. Vicuña Mackenna escribió que Londres disponía de Brighton; París tenía a Trouville; Bruselas u Ostende; New York a New Port; Buenos Aires a El Tigre; Lima a Chorrillos. . . y, se pregunta, ¿por qué Santiago (el París de Sudamérica y Valparaíso el Londres} no iba a tener su Viña del Mar?

Hasta el momento la hacienda había vegetado como una pequeña Torre de Babel surtida de ingleses, alemanes, yankees, italianos. Muchos de ellos eran trabajadores de la línea del ferrocarril y los otros venían de Valparaíso. Junto con la estación, un soberbio jardín. En uno de los potreros lucían las admirables plantas y flores cultivadas por la madre del inquieto Francisco Salvador Alvarez.

También había una lechería y una encantadora posada a la que concurrían a beber en alegres cabalgatas los aficionados al juego y a la amistad brotada al calor de la mesa. Era frecuente que después de las sesiones de arpa, de la vihuela y del infaltable cacho, estos cofrades tenían que regresar a sus casas nada menos que en carreta.

En esta fondita humilde y agitada, nació la fama de aquella zamacueca que después habría de pasearse por todas las chinganas del país. Los versos eran del siguiente tenor, según Vicuña Mackenna:
 
En el medio de la mar

Suspiraba un chincolito

Y en el suspiro decía

Échale chicha al cachito. . .
 
Pero ya es hora de volver al hogar de los dueños de la viña.

En 1873 muere el increíble Francisco Salvador. No alcanza a testar. Lo hereda su hija Mercedes. Era una adolescente bonita, rica y soltera. En ella, desde luego, hubo de fijarse aquel ingeniero de la construcción del ferrocarril, José Francisco Vergara, quien había dejado todo por la agricultura y arrendado la hacienda en 3.000 pesos anuales.

Fue entonces cuando decidió casarse con ella este profesional avecindado en Las Siete Hermanas. Claro que su dedicación al agro fue compartida por una idea que le daba vueltas y vueltas en la cabeza. Esos pensamientos iban adquiriendo la forma de un proyecto. Don Francisco quería hacer de la hacienda una bella ciudad, un balneario de primera. Por eso que, recién casado, según Claudio Solar, pidió la posesión efectiva de su suegro y de doña Dolores Pérez. Con semejante fortuna ya podía iniciar las obras; al cabo de un año de afinar sus estudios presentó un plano bien, estudiado sobre la urbanización de las tierras, el que jue aprobado el 28 de diciembre de 1874 por don Francisco Echanrren, Intendente de Valparaíso.

La fecha ésta, la del día de los Inocentes, hizo escribir a Claudio Solar que sugería un augurio de inocencia, como lo comprobarían más tarde quienes contemplaron las playas con muchachas ligeras de ropas, con la santidad a medio perder.
El impulso estaba dado. Un cronista ha señalado que inmediatamente empezaron a levantarse las casas quintas, con rejas y verjas de gruesos aldabones, con suntuosos jardines de ameno colorido y al fondo amplias medias aguas y bodegas.

Aguas, Bordemar.

De Este a Oeste, en seguimiento del sol, se construyeron las dos principales calles de Viña del Mar. Una de ellas, la del Comercio (actual Valparaíso) tenía su especial atractivo por-que conducía a los peatones y cocheros a los baños de la playa, donde Ña Miquita, sitio en el que se divisaba una solitaria barca al lado de una cabana de caleteros, imagen que dio motivo al nombre de Caleta de la Barca y después Caleta Abarca.

En cuanto a los Baños de Ña Miquita, éstos fueron muy conocidos por haber poseído las primeras casetas o garitas, las cuales se separaban ecuánimemente en para caballeros y para damas. Desde luego, a una distancia más que prudente para no contrariar el adagio aquel de que entre santa y santo, pared de cal y canto. Doña Miquita prestaba el servicio más notable: frotar los pies de los bañistas con agua de mar.

Esta genial empresaria disponía de una hueste de haraganes que cumplían sus órdenes en cuanto ella los llamaba por sus apelativos bélicos. Con ella trabajaron el Trabuco, el Cara de Cañón, el Escopeta y muchos otros.

La otra calle fue la de Alvarez. Estaba junto a los rieles. Allí fue donde plantó sus viñedos Alonso Riveros El Mozo. Constituía el camino de Quillota a Valparaíso y en la Colonia fue acondicionado por don Ambrosio O'Higgins. Aquí se levantaron las primeras casonas, pues por el costado sur pegaba muy bien el sol.

Uno de los primeros en edificar fue Leandro Ramírez. Se las arregló para construir poco menos que una fortaleza en terreno que había sido estero. Esta casa estaba ubicada frente A la plaza de la Parroquia y posteriormente llegó a ser el Hotel Plaza.

La mansión de Encarnación Fernández de Balmaceda, madre del presidente, se transformó con los años en el Hotel France. Y la Quinta Rigau, de Félix Vicuña, llamada Villa Serena, se utilizó para un liceo.
El rostro de la urbe, con la inspiración de José Francisco Vergara, empezó a tener su bella expresión a partir de 1874. A la sombra de los olmos se hacía la tertulia, los paseos en el jardín de la Estación, a la espera de los trenes. Pronto, el sector pasaría a llamarse El Versalles Criollo. Allí se citaban los enamorados, allí buscaban distracción los ancianos. Era el punto obligado de reunión al aire libre.

El pueblo crece. Las familias santiaguinas se afanan en comprar los mejores sitios del balneario. Nace la parroquia, el mercado, la plaza. .. Ya no es posible resistir la embestida del progreso y el renombre de Viña del Mar se vuelve inevitablemente una vez a la semana por el tren hacia Santiago.

Colores de Chiloé, Bordemar.

Estamos en 1878. El escritor Vicuña Mackenna capitanea a un numeroso grupo de amantes del Versalles chileno para hacerle ver al gubierno la real trascendencia de crear la comuna en la tierra de las palmas. El pueblo cuenta ya con dos mil quinientos habitantes. . . Y las autoridades no pueden desconocer las dimensiones colosales que ha adquirido el balneario.

Reconocido como comuna, inmediatamente tendría su Municipalidad. Ello ocurría el 31 de mayo de 1878.

Retomemos a la familia Vergara.

El fundador de la ciudad, José Francisco Vergara, que se había casado con la heredera de la hacienda, nació en 1833. Estudió en el Instituto Nacional. A los veintidós años estaba con su título de agrimensor. Por ello fue que tuvo a su mando la construcción del ferrocarril de Viña. Pero como éste demoraba en asomarse por la estación, lo abandonó. A los 46 años viene la guerra con el Perú y Solivia. Fue soldado de campaña y luego ascendió de secretario del General en Jefe a Teniente Coronel de las Guardias Nacionales. Finalmente, culmina como Ministro de Guerra.

Reemplazó en el cargo al fallecido Rafael Sotomayor. Gran amigo del Presidente Aníbal Pinto y de Federico Santa María, logró ser precandidato a la más alta magistratura de la Nación, diputado y senador y Ministro del Interior con Santa María. Enferma de una grave angina y debe retirarse a Viña del Mar. Muere en 1889. Ganó una guerra, formó a su gusto una ciudad y amasó una fortuna considerable.

Pero, José Francisco también moriría dejando en la hacienda a una familia de trágicos ribetes, en la que predominaron las pasiones, los suicidios, el despilfarro, el resultado de una Belle Epoque, la era -feliz del siglo veinte, que no pudo hacer feliz a sus herederos. Algunas muestras: su hija Blanca Vergara, a la que Joaquín Edwards Bello llamó la Castellana de Viña del Mar, era una mujer hermosísima y apasionada, que no podía resistir que alguien la contrariara. Fue la reina del balneario. Cuando ocurrió el sismo de 1906, las viejas casas de su padre se derrumbaron. Ella, con la asesoría del arquitecto Petri, levantó la actual casa palaciega en el Parque. Palacio estilo veneciano, en él fueron recibidos las más ilustres figuras del arte, la política y las monarquías.

Claro que la dueña de casa tenía su carácter: siendo una jovencita prendió fuego a una casa solamente por un altercado con su novio. Murió siendo una anciana y tuvo que resistir las desgracias de sus hijos. Hugo cae de un caballo y muere. Guillermo se suicida en París al no ser correspondido por su amada. Su hija Blanca se casa con un norteamericano y lo mata. Se salvó de la pena de muerte y contrajo matrimonio nuevamente.
 
Pero se suicidó también. Ella volvió loco al actor Rodolfo Valentino. Nunca le dio la más mínima esperanza. Manuela, en cambio, decidió hacerse monja carmelita. Cuando se remató el palacio, según Edwards Bello, la gente le temía al pasado de las porcelanas chinas, de los admirables cuadros y las torneadas y finísimas estatuas. Pesaba la trágica fastuosidad de los Vergara.

Actualmente, todos los documentos, las cartas, los diarios de viajes y otros objetos han sido donados a Viña por Blanca Diana Vergara, hija de Perico, inteligente, pintoresco y derrochador descendiente de un hermano de José Francisco.

Dichos bienes forman el Museo Histórico de la familia.
Claro que la ciudad se hallaba a finales del siglo en el umbral de un futuro insospechado por Alonso Riveros, El Mozo, cuando vio las blancas gaviotas bajar al Marga Marga.

Fotografías: 1) Banda Bordemar, foto de su web. 2) Parque Vergara. 3) Playa Reñaca, Viña del Mar. 4) Jardines Quinta Vergara. 5) Palacio Vergara 1906-1910.

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